dijous, 20 de maig de 2010

Son memoria, no huesos: Koldo Aldai


Poco perdemos bajo tierra. Prima despejar futuros, no tanto escarbar suelos, recomponer osamentas. No hay nadie en esas fosas. Son al fin y al cabo almas que vuelan libres. No hay latido en las cunetas. Nunca lo ha habido, pero sí hay recuerdo indeleble, inmortal memoria. ¿Cómo no va a haber memoria de quienes lucharon y murieron por la justicia y la libertad?

Los represaliados políticos del franquismo no están en las fosas, pero los familiares que reclaman los huesos, tienen todo el derecho a ellos. Garzón no debería abandonar su despacho en la Audiencia. Aunque sólo fuera para atender a quienes buscan los restos en la materia de sus padres y abuelos y cargan con un dolor antiguo. El juez estrella debería poder seguir ejerciendo en pro de causas justas.

Sin memoria poco somos. En la civilización del mínimo esfuerzo, conviene recordar que lo que vivimos y disfrutamos no ha sido gratis. Memoria es reconocimiento y agradecimiento, pero no equivale a resentimiento. ¿A dónde vamos con tan cargado veneno? Recordar y no odiar es sano ejercicio en el que debemos emplearnos. Observar el pasado y no quedarse atrapado en sus frentes, en sus trincheras, he ahí el necesario desafío.

Con el resentimiento no hacemos nada. Daña el presente y bloquea el futuro, pero memoria sí. ¿Cómo olvidar a tantos y tantas que cayeron en tan oscura noche? Alto es el precio de lo que hoy gozamos. Conviene que ese precio se estampe en la piedra, se comente en las aulas. ¿Cómo valorarán las generaciones del futuro la democracia y las conquistas sociales, si no llegan a saber que hubo valientes hombres y mujeres que en la II República, en la guerra y en el franquismo dieron su vida por ello?

Lo triste sería el olvido. Viven, pero no les buscaremos bajo tierra. Son “viento de libertad”, son honor colectivo. Son conquistas que les pertenecen, son deuda que no olvidamos. Son ejemplo. No son huesos, no son motivo de división, ni de odio. Son pasado glorioso, son espejo en el que mirarnos, sobre todo aquell@s de ideales puros, aquellos que nunca fueron cegados por el odio, aquellos que salieron a la batalla sin otra opción para defender la vida y el nuevo orden republicano pacífica y democráticamente conquistado. No hay que abrir heridas, ni agitar los fantasmas del pasado. Sólo agitamos el espectro de un presente olvidadizo. Sólo se puede valorar lo que ahora disfrutamos tomando conciencia del “esfuerzo, sangre, dolor y lágrimas” que costó conseguirlo.

Hay un viento suave, discreto que aún agita por dentro la tricolor. Muchos seres generosos murieron por los ideales que encarna, pero no la blandiremos ya por la calle. La reconciliación exige sus renuncias. El presente sus desapegos. Hay soldados que llevan paz y solidaridad en tierras lejanas y blanden la rojigualda. Paradojas de una historia que se mofa también un poco de nosotros, para mostrarnos la lección de la transitoriedad, de la impermanencia de cuanto acontece.

Aún nos viaja hacia atrás la enseña republicana, cuando los ideales exigían la más absoluta entrega y sacrificio. Nada de la tacañería de nuestros días a la hora de hacer pequeños gestos en favor de lo colectivo. Cuando no somos capaces de prescindir del 5% de lo que ganamos en aras del bien común, para salir de esta situación crítica en la que nos encontramos, conviene saber de quienes todo lo dieron por nuestro progreso político y social. Por supuesto que cinturas más anchas reclaman previo y proporcional apretón, pero es también llegada la hora de comenzar a ejercitarnos en más amplias responsabilidades.

Algo despierta aún la tricolor por dentro, pero no la exhibiremos, simplemente porque ya no debemos creer en ninguna bandera, más bien debemos creer en todas las banderas juntas. La tuya, la mía. Creer sobre todo en las banderas unidas que ayer confrontaban y hoy por fin se encuentran.

A los nostálgicos del franquismo no hay que perseguirles, pero sí vedarles la entrada a los juzgados, por lo menos cuando llegan denuncia en mano. Todo debe volver a su lugar. Garzón al despacho del que nunca debió haber salido. La memoria de l@s luchadores de la libertad, de l@s represaliad@s a los anales de la historia, a los libros de texto, a los monumentos, a las vitrinas... o simplemente a un archivo bien ilustrado, rápido y accesible en el ancho disco duro de nuestra mente colectiva. Cada quien sabe cómo honrar tan excelso ejemplo.

Koldo Aldai
www.artegoxo.org